Los 56 años de radio de Jerry Valenzuela, entre teletipos, vinilos y nostalgia

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Jerry Valenzuela, una de las leyendas vivas de la radiodifusión en la Patagonia norte, repasa sus más de 50 años en el aire: desde las noches de infancia escuchando emisoras chilenas y las listas negras de la dictadura militar, hasta la vigencia de un oficio que se resiste a desaparecer.

Realización: MarceloFabian Miranda y Dardo Gobbi. Redacción y edición: Marcelo Fabian Miranda

En la era del algoritmo, las plataformas de streaming y la reproducción automática, en el living de una casa de General Roca se sigue cocinando la comunicación de manera puramente artesanal. En un espacio que funciona como búnker y santuario, rodeado de computadoras, papeles de trabajo y una vieja radio de origen alemán que sobrevivió a mil caídas, Jerry Valenzuela le da forma cada semana a “Aquellos fueron los años”. Se trata del programa que los sábados por la mañana llama a la nostagia de oyentes nostálgicos, no solo en las chacras y ciudades del Alto Valle, sino en rincones tan distantes y disímiles como Brooklyn o León. Con 57 años de trayectoria ininterrumpida en el medio, Valenzuela es un testigo de primera línea, un cronista y un protagonista de la evolución técnica, cultural y política de la radiodifusión patagónica.

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Jerry Valenzuela realizando operación técnica en LU 18Esta obra está bajo la licencia
CC BY-NC 4.0.

Su historia de amor con el éter comenzó a gestarse a principios de la década del 50, casi al mismo tiempo que su propio nacimiento. En la casa familiar de la calle Mitre al 900, su padre, un albañil y constructor con una curiosidad por lo que pasaba en el mundo, había montado una estructura casera: dos grandes postes de madera unidos por un cable que hacían las veces de antena receptora. «Por las noches nos sentábamos junto a una radio General Electric a válvulas a recorrer el dial. Escuchábamos emisoras del exterior: Radio Moscú, Radio La Habana, Radio Nederland», evoca Jerry.

En aquellos años, sintonizar las señales de Buenos Aires desde el sur del país era una verdadera proeza técnica debido a los caprichos de la propagación de las ondas; por eso, la banda sonora de la Patagonia norte estaba dominada por las potentes señales que cruzaban la cordillera desde Chile, como Radio Cooperativa, Minería o Colo-Colo. Aquello sembró en el niño una fascinación tan profunda que, ya en las aulas de la escuela primaria, Jerry utilizaba un compás clavado con firmeza en el pupitre de madera y una tiza adosada como su primer micrófono imaginario.

El destino formal dentro de los medios tocó a su puerta a finales de los sesenta en una circunstancia completamente festiva. Siendo un joven estudiante secundario, Jerry y dos amigos del colegio decidieron armar un emprendimiento para musicalizar eventos. Fabricaban sus propios bafles y bocinas moldeando maderas terciadas humedecidas, y utilizaban pesados amplificadores a válvula que irradiaban tanto calor que obligaban a ponerles un ventilador de mesa al lado para que la música no perdiera potencia. Fue precisamente en un cumpleaños de 15, mientras manejaba las bandejas, donde llamó la atención de Jorge Cosi, uno de los referentes de LU18 Radio El Valle. Al notar su oído y su conocimiento musical, lo convocó para sumarse a la emisora. Así, en el año 1970, Jerry ingresó a la radio para cubrir un puesto hoy prácticamente extinto y olvidado: el de discotecario. «Era la persona encargada de custodiar miles de vinilos, clasificarlos y armar las pautas musicales a mano», explica. El trabajo requería una paciencia y precisión quirúrgica: coordinar los surcos de los discos de larga duración (LP) y los simples de 45 revoluciones en una grilla de papel que luego el operador técnico debía replicar a contrarreloj en las bandejas del estudio.

Sin embargo, los años dorados de la música y la juventud también tuvieron sus páginas más oscuras y complejas. Durante la última dictadura militar iniciada en 1976, Valenzuela —por entonces plenamente a cargo de la discoteca de la emisora— fue el primer eslabón humano en recibir los documentos oficiales con las tristemente célebres «listas negras» enviadas por el COMFER. Artistas de la talla de Mercedes Sosa, Piero, Horacio Guarany, Alfredo Zitarrosa o el dúo Pedro y Pablo pasaron a estar censurados bajo amenaza de multas o el cierre de la transmisión. «Había un control asfixiante. Existían delegaciones que presuntamente grababan de forma constante las cuatro únicas radios que transmitíamos en la zona (LU5, LU19, LU18 y LU16) para vigilar minuciosamente que no se pasara ni una sola de las canciones prohibidas», recuerda Jerry, quien años más tarde, ya en democracia, se encargaría de rescatar y poner al aire esos mismos temas censurados para explicarle a las nuevas generaciones  la veda cultural.

Con el paso del tiempo, Jerry transitó por diferentes roles dentro de LU18, incluyendo una extensa y exigente etapa en el servicio informativo durante las noches de la década de los 80. En esos años, el trabajo del informativista distaba mucho de la inmediatez digital actual. Las noticias llegaban a través de la teletipo, una impresora automática ruidosa que plasmaba los cables de las agencias de Buenos Aires sobre rollos de papel. «A veces la señal radial que alimentaba la teletipo venía con interferencias y la máquina imprimía puros signos numéricos. Antes de salir al aire a leer el panorama de noticias, teníamos que sentarnos a descifrar y traducir esos códigos a letras a contrarreloj», relata sobre la mística de las redacciones de antes.

Fue en esos pasillos y estudios donde compartió jornadas inolvidables con figuras como Hugo ChafraT Quintero, Claudio Mosoni o el locutor Roberto Félix «el Bully» Pérez, creador de la histórica frase de la Fiesta Nacional de la Manzana: «Muy buenas y manzaneras noches». Además, con el Bully Pérez forjó una profunda amistad que le dejó un legado invaluable: «Él me enseñó a escuchar, a entender y a querer el tango, algo que hoy sigo agradeciendo profundamente». Otra de sus grandes relaciones nacidas en esa época fue con el recordado cantante barítono Ricardo «Chiqui» Pereyra, con quien además de compartir la pasión por la música, le tocó hacer el servicio militar obligatorio en el invierno de Bariloche en 1972, compartiendo anécdotas de bohemia, licencias y parrilladas improvisadas a cambio de canciones.

Hoy, a sus 76 años, Jerry Valenzuela mira de reojo el panorama actual de la comunicación, saturado de pantallas, videos verticales y redes sociales, pero defiende con uñas y dientes el poder inigualable del medio que eligió para vivir. «La radio tiene el don absoluto de hacer imaginar a las personas. La televisión te impone una imagen, te muestra exclusivamente lo que el camarógrafo quiere que veas; en cambio, la radio te permite construir los rostros, los paisajes y, a través de una melodía, transportarte en el tiempo hacia tus propios recuerdos», reflexiona con convicción.

Aunque los pesados discos de vinilo hayan sido reemplazados por archivos digitales almacenados en un pen drive, y las viejas esquelitas de papel escritas a mano por los oyentes hayan mutado en mensajes instantáneos de WhatsApp que caen en la pantalla de su computadora de transmisión, la esencia en la cocina de Jerry sigue siendo la misma: el respeto absoluto por el micrófono, la selección meticulosa de cada cortina musical y la búsqueda incansable de la memoria colectiva a través del aire.


Los 56 años de radio de Jerry Valenzuela, entre teletipos, vinilos y nostalgia © 2026 by Marcelo Fabian Miranda / Dardo Gobbi is licensed under CC BY-SA 4.0

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