Nacida de un pequeño taller mecánico, la marca Winco se transformó en la banda sonora de millones de hogares y la escucha de la radio y los discos de vinilo consolidó nuestra identidad popular. A través de la preservación en el Museo de la Comunicación Regional —donde resguardamos un tocadiscos, un imponente combinado Winco y un reproductor de cinta abierta—, esta tecnología de la época dorada industrial sigue latiendo.
Autor: Marcelo Fabian Miranda mirandamarcelofabian@gmail.com
En la Argentina del siglo XX, escuchar la radio y reproducir discos de vinilo estaba muy lejos de ser un simple pasatiempo individual; era, fundamentalmente, el ritual de comunión familiar y social. Las transmisiones de radio AM, los informivos, las radionovelas y la música popular reunían a distintas generaciones en el living de las casas, convirtiendo a estos equipos en el centro de la vida doméstica. Reproducir un disco significaba democratizar la cultura, permitiendo que las expresiones artísticas y la comunicación fluyeran directamente hacia el hogar de millones de familias argentinas. Anteriormente, la selección musical quedaba supeditada a los productores de los programas de radio. Con un combinado, el mueble tenía una radio y un tocadiscos junto a una pequeña batea con discos de vinilos que eran del gusto musical de los integrantes de la familia.
Esta transformación cultural tuvo un protagonista indiscutido en nuestro país como lo fue la empresa Winco. La historia comenzó en 1954, cuando el ingeniero mecánico Raúl Antonio Vega y el técnico Dante Polano abrieron un pequeño taller en Mitre 928, en la localidad bonaerense de Ramos Mejía. El inicio fue práctico, luego de que Vega desarmara un tocadiscos roto en su propia casa y descubriera que esa ingeniería podía replicarse a nivel nacional. Su visión comercial tenía como objetivo la masividad y a la clase trabajadora. Como sentenció el propio Vega: «Lo importante era que un obrero pudiese comprarlo».
La evolución de estos equipos retrata cómo la tecnología se fue integrando a nuestras costumbres. Durante las décadas del 50 y principios del 60, Winco se lució con la era valvular de los «combinados». Estos equipos no eran simples reproductores, sino inmensos muebles de estilo provenzal o americano que se erigían como el altar del living familiar, integrando chasis, bandeja de discos, receptor de radio AM y, en ocasiones, de onda corta. El modelo cúspide de esta etapa fue el Wincofón S-226, lanzado hacia 1964, hoy venerado por los audiófilos gracias a la calidez incomparable de su amplificación valvular, impulsada por pentodos de salida como las válvulas ECL82 o EL84. Eran equipos pesados, equipados con parlantes elípticos de imán de alnico en cajas de resonancia de madera real, lo que garantizaba graves formidables.
El logro mecánico era el «cambiadiscos» automático de la marca, fabricado bajo licencia de la firma británica BSR (Birmingham Sound Reproducers). A través de un eje central alargado (el vástago), se podían apilar hasta seis discos a la vez. Un complejo sistema de engranajes metálicos y un brazo palpador medían si el vinilo era de 7, 10 o 12 pulgadas para dejar caer la púa en el surco exacto, reproduciendo música de forma continua en las cuatro velocidades estándar de la época: 16, 33, 45 y 78 RPM.

Más tarde, hacia 1967 y 1968, los hábitos de consumo exigieron portabilidad, y la fábrica dio el salto al «estado sólido» (los transistores). Así nacieron los tocadiscos portátiles y las fono valijas, siendo el Wincofón E-2050 (y su versión estéreo 3050-E) el emblema de esta etapa. El tocadiscos dejaba de ser un mueble inamovible para convertirse en una valija con tapa de acrílico y parlantes integrados que los jóvenes podían llevar a las fiestas. Estos equipos más pequeños y económicos albergaban detalles de ingeniería como un motor de inducción que operaba al mismo tiempo como transformador primario para la placa amplificadora.
En su apogeo productivo entre los años 60 y 70, la asimilación cultural de Winco fue tan exitosa que la empresa se mudó a una planta en Ciudadela, llegando a fabricar 27.000 unidades mensuales. Su matricería de excelencia y escala industrial le permitieron incluso fabricar equipos bajo licencia para colosos mundiales como Philco, Ken Brown y General Electric. El fin de esta gigantesca fábrica no fue dictado por el desinterés de los oyentes, sino por un drástico cambio macroeconómico. A fines de la década del 70, la dictadura militar impulsó políticas de apertura económica y la llamada «plata dulce».
Las vidrieras del país se llenaron de radiograbadores y equipos asiáticos a precios destructivos para la industria nacional. En enero de 1980, con las maquinarias en silencio, el BANADE dictaminó el cierre definitivo de Winco, y sus bienes fueron a remate. (Cabe destacar que la actual marca de electrodomésticos «Winco» pertenece a empresarios que compraron los derechos legales del nombre en 2003, sin tener relación alguna con la histórica fábrica).

Hoy, restaurar una de estas reliquias implica lidiar con el desgaste de la polea de goma (tracción a polea) que genera ruidos o «rumble», y en limpiar la grasa que el tiempo vuelve cemento en sus engranajes. Pero el esfuerzo lo vale. Volver a hacer girar un disco en un Wincofón es preservar nuestra memoria. Es por esto que en el Museo de la Comunicación Regional asumimos la misión de salvaguardar estas joyas industriales. En nuestras salas el público puede encontrarse frente a frente con un tocadiscos, un gran mueble combinado Winco y un reproductor de cinta abierta.
Cuando los visitantes al museo ven los Winco, inmediatamente se despiertan los recuerdos de familia, las salidas a los “asaltos” y los primeros discos de vinilo en la familia. Estos equipos son verdaderas máquinas del tiempo que marcan una época de muchos argentinos y de la industria nacional que siempre estuvo afectada por los traspiés económicos.






