Agustín Pablo Orejas, docente y comunicador, repasa la historia de su padre —el primer locutor patagónico— y relata sus propias vivencias infantiles en los históricos estudios de LU5. Un viaje desde la época dorada del radioteatro y la conexión directa con el oyente, hasta los drásticos cambios comerciales de los años 90.
Autores: Dardo Gobbi y Marcelo Fabian Miranda
La historia de los medios de comunicación en el norte de la Patagonia lleva la huella imborrable de la familia Orejas. Todo comenzó con los abuelos de Agustín, inmigrantes españoles que arribaron a la región entre las décadas de 1910 y 1920. Pioneros del comercio local, forjaron su camino vendiendo alfalfa para caballos y fundando la primera empresa de sepelios de Neuquén. Sin embargo, la tragedia golpeó a la familia con el fallecimiento prematuro de la abuela, obligando al abuelo —ahora a cargo de doce hijos— a enviarlos a internados educativos.
Fue en ese contexto que el padre de Agustín ingresó al Colegio Domingo Savio en General Roca y, más tarde, fue trasladado a Bahía Blanca. Lejos de los números y la técnica, el joven descubrió allí su verdadera vocación con el arte, la poesía, la escritura y el recitado. Las autoridades del colegio salesiano notaron su talento y le encomendaron los programas de radio de la misa. Este impulso inicial llevó a los sacerdotes a enviarlo a Buenos Aires para formarse profesionalmente en el ISER (Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica), de donde egresó con el carnet nacional número 108, convirtiéndose así en el primer locutor neuquino y patagónico.

De regreso a Neuquén, y respaldado por su título de Perito Mercantil, comenzó a trabajar como cajero en el Banco Nación y luego en el Banco Hipotecario. Pero su destino estaba en el aire. Alrededor de la década de 1940, con la fundación de la histórica radio LU5, se solicitó la presencia de un locutor y él asumió el desafío. Durante un tiempo, su vida transcurrió en turnos dobles, dividiendo sus horas entre las finanzas y los micrófonos.
Su dedicación exclusiva a la radiofonía quedaría marcada por uno de los episodios dramáticos de la historia argentina. Durante uno de los golpes de Estado, la Gendarmería irrumpió en las instalaciones de LU5, reteniéndolo en el interior del edificio. Custodiado por hombres armados, fue obligado a leer los comunicados oficiales del gobierno de facto. Su repentina y prolongada ausencia causó tal desesperación que su madre llegó a denunciar su desaparición ante las autoridades, antes de comprender la grave situación que atravesaba su hijo.
Superados los tiempos oscuros, la carrera del padre de Agustín se consolidó como una figura de los medios neuquinos. Fue el creador de espacios emblemáticos como El Club Musical del Aire, un programa que revolucionó la forma de interactuar con la audiencia mucho antes de la existencia de las redes sociales. Su método de trabajo reflejaba un profundo respeto por sus oyentes al llevar un un registro minucioso en ficheros con los nombres y fechas de cumpleaños de su audiencia. También saludaba a los vecinos en vivo y organizaba sorteos populares donde los premios solían ser pollos o gallinas vivas.

Además de su éxito radial, fue un pionero en la pantalla chica, convirtiéndose en una de las primeras voces de Canal 7 de Neuquén, donde tenía la solemne tarea de leer el cierre de transmisión acompañando el himno nacional.
La década de 1990 trajo consigo un cambio de paradigma que sacudió los cimientos de la radio tradicional. Los medios pasaron de ser administrados por familias a quedar en manos de grandes grupos empresariales y agencias de publicidad. Bajo la fría premisa comercial de que «lo viejo no sirve», profesionales de vasta trayectoria fueron desplazados de sus espacios. Las agencias comenzaron a priorizar la compra de la programación completa en bloque, eliminando la posibilidad de sostener programas individuales y de autor.
Mientras la carrera de su padre dejaba un legado histórico, el propio Agustín comenzaba a forjar su vínculo con la comunicación de una manera casi accidental. A fines de los años 60 y principios de los 70, su madre se desempeñaba como supervisora de escuelas medias en el Alto Valle. Ante la falta de guarderías en la época, Agustín, con apenas cinco años, acompañaba a su padre a su lugar de trabajo: los estudios de LU5. Aquel edificio era un verdadero contaba con un estudio principal de aire, un auditorio diseñado para alojar orquestas en vivo y el «rincón de los sonidos», un área dedicada exclusivamente a la creación de efectos especiales y foley.
Fue en ese entorno mágico donde Agustín dio sus primeros pasos en la profesión. Jugando entre micrófonos, comenzó grabando voces infantiles y participando en los legendarios radioteatros de la emisora, bajo la atenta dirección de grandes figuras de la época como Edelman.
Hoy, Agustín Pablo Orejas se desempeña como docente de la carrera de Comunicación Social en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales además de ser conductor en Radio y Televisión del Neuquen. A través de sus casi cuarenta años de trayectoria en radio, televisión y prensa escrita, no solo ha construido su propio camino, sino que mantiene viva la memoria de una época donde la radio era el latido principal de la Patagonia.






