Desde sus tartamudeos iniciales frente a un micrófono en 1969 hasta convertirse en un pilar de la radiofonía regional, la vida de Hugo Chafrat es un viaje por la historia del Alto Valle. Persecuciones en bicicleta para conseguir la noticia, transmisiones clandestinas durante la guerra, la lucha pionera por la ecología, encuentros cercanos del tercer tipo y vaticinio militar que anticipó el auge de Vaca Muerta.
Entrevista: Marcelo Fabian Miranda, Dardo Gobbi, Carlos Castillo. Edicion: Marcelo Fabian Miranda
La pasión de Hugo Chafrat por la comunicación tiene raíces que se remontan a su primera infancia. Llegado a la región a los cuatro años, creció en el seno de la familia formada por el relojero roquense Anselmo Chafrat y Susana Beatriz Quinteros. Sus noches de niñez estuvieron marcadas por la magia de la onda corta, escuchando junto a su padre emisoras porteñas como Radio El Mundo y Radio Belgrano. Fueron las voces de Antonio Carrizo y Hugo Guerrero Marthineitz las que le inculcaron que los medios de comunicación no solo deben informar o entretener, sino que tienen la ineludible responsabilidad de ser formadores, «manteniendo siempre la sobriedad y la mesura».
Aunque su inclinación natural parecía llevarlo hacia la abogacía o el periodismo escrito —llegando a editar la «Revista Juventud» en el colegio Domingo Savio y a viajar a dedo hasta Neuquén para aprender a redactar con Vera G. de Pichel, ex secretaria de redacción del diario La Prensa—, el destino lo empujó hacia los micrófonos. Su debut radial ocurrió en 1969, tras presentarse a un concurso en Radio El Valle. Aquella primera experiencia lo hizo tartamudear incontrolablemente, pero los directivos Honorio Cosi y Daniel López Holgado vieron más allá de sus nervios, apostando por el sólido «soporte cultural» que el joven de 20 años poseía.
Los primeros años en el oficio fueron de un romanticismo y un esfuerzo físico inusitados. La noticia se construía a pulmón, había que adivinar los cables internacionales entre las interferencias de viejas teletipos, y las emergencias se cubrían persiguiendo el sonido de las sirenas de los bomberos montado en una bicicleta plegadiza cargando un inmenso grabador Winco de cintas abiertas. El compromiso con la comunidad era tal que participaban en proezas como la de su compañero Héctor Balogia, quien transmitió más de 24 horas ininterrumpidas para recaudar fondos destinados a la bomba de cobalto de Roca, mientras Chafrat recorría las calles «apurando» a los empresarios a donar. El pluriempleo también era la norma, para sostener a su familia, Chafrat llegó a ser escribiente del Poder Judicial, corresponsal de diarios y trabajador nocturno en La Voz del Comahue, durmiendo tan poco que una madrugada casi pierde la vida al quedarse dormido al volante de su Citroen en la Ruta 22.
El ejercicio del periodismo en aquellas décadas significó trabajar bajo la asfixiante presión de las dictaduras y las crisis internacionales. Durante puebladas como el «Rocazo», los informativistas operaban con miedo y bajo la constante grabación de los servicios de inteligencia. En la Guerra de Malvinas, la censura era absoluta; aunque sintonizaban emisoras internacionales por onda corta para saber la verdad, solo tenían permitido difundir los cables oficiales de la agencia Télam. Durante las tensiones por el Canal Beagle, Chafrat protagonizó una hazaña al transmitir desde un avión de Defensa Civil el operativo de oscurecimiento de todo el Alto Valle, cometiendo el «desliz» periodístico de describir cómo la luna se reflejaba en el río, lo cual estaba prohibido por dar referencias geográficas al enemigo.
Chafrat entrevistó a figuras de todos los colores partidarios en los pasillos del Gran Hotel de Roca y asistió a históricas conferencias, como cuando el interventor militar de Neuquén, el general Trimarco, admitió que mantendría los planes del COPADE porque eran «impecables». Sin embargo, la revelación política más impactante la obtuvo en un almuerzo con el Ministro del Interior de facto, Albano Harguindeguy. Al pedirle apoyo para la fruticultura, el militar le sugirió en confidencia que no se preocupara por las manzanas, le anticipó que las reservas petroleras bajo sus pies convertirían a la región en «Las Vegas de la Argentina», profetizando con décadas de antelación el fenómeno de Vaca Muerta.
El presagio sobre el futuro petrolero de la región ocurrió durante un almuerzo realizado en el comedor del colegio María Auxiliadora, donde Hugo Chafrat, buscando siempre estar cerca de las fuentes de información, logró sentarse frente a frente con el entonces Ministro del Interior de facto, el general Albano Harguindeguy. Durante el encuentro, Chafrat le planteó al ministro su preocupación por la necesidad de brindar mayor apoyo a la producción frutícola, hortícola y vitivinícola del Alto Valle. Específicamente, le mencionó los problemas que enfrentaban los productores locales para alcanzar la graduación de 14 grados de alcohol exigida para competir con los vinos de Mendoza, algo muy difícil por el alto riesgo climático de la región.
La respuesta de Harguindeguy fue reveladora. Le sugirió: «No se preocupe tanto Chafrat por esas fuentes de producción porque el futuro del Alto Valle es petrolero». El funcionario militar fue más allá y le anticipó que la región se convertiría en «Las Vegas de la Argentina« debido a las impresionantes reservas de petróleo que poseía, una confidencia que le repetiría tiempo después en otro almuerzo en Bariloche. Chafrat recuerda que, justamente en esos años, ya se estaban abriendo grandes «picadas» para el sondeo petrolero en la zona de bardas y en Estancia Vieja.
Esta visión a futuro fue confirmada poco tiempo después durante un viaje a San Martín de los Andes, al que Chafrat fue invitado para una conferencia de prensa del gobernador de facto de Neuquén, el general Trimarco. En esa ocasión, Trimarco le cedió la palabra a los técnicos del COPADE, quienes aseguraron públicamente que, con el ritmo y los medios técnicos de explotación de esa época, la zona tenía reservas petroleras garantizadas para 100 años.
Para Chafrat, al atar los cabos de las declaraciones de Harguindeguy y de los técnicos del gobierno neuquino, aquellos episodios resultaron ser un anticipo exacto de la inmensa expansión hidrocarburífera que la región vive en la actualidad con yacimientos como Vaca Muerta y Estancia Vieja

Pero el espectro periodístico de Chafrat iba mucho más allá de la política y las noticias policiales. Fue un promotor de la cultura y un pionero de la ecología. Con su pesado grabador inmortalizó a artistas de la talla de Jorge Valdés, o presenció cómo Silvio Soldán descubría al «Chiqui» Pereyra en la Fiesta de la Manzana. Motivado por la Cumbre de Estocolmo de 1972, se convirtió en un faro del periodismo ambiental en la Patagonia, denunciando el uso de plaguicidas, trabajando como corresponsal del ciclo nacional «La Casa de la Humanidad» de Antonio Elio Brailovsky, y luchando, junto a Juan Carlos Salgado, para frenar el saqueo de fósiles y fundar un Museo de Ciencias Naturales en Roca.
Su curiosidad le permitió abrir los micrófonos a los misterios no resueltos del sur argentino. En microprogramas como «Nos están observando» y «Mundo insólito», dio voz a los habitantes de las zonas rurales. Fue él quien realizó la primera entrevista a Dionisio Llanca, el camionero que denunción haber sido abducido por un OVNI cerca de Bahía Blanca, y quien documentó los fenómenos paranormales de lluvia de piedras en Covunco. La seriedad y el respeto con el que trataba estos temas fascinó incluso al director de Radio Splendid de Buenos Aires, quien pidió llevarse grabaciones para retransmitirlas en la capital, demostrando que desde el Alto Valle, Hugo Chafrat había logrado construir un periodismo de excelencia, plural y profundamente humano.






